jueves, 10 de abril de 2014

¿Quién es el público de la lucha libre en la actualidad?

En décadas pasadas era fácil de identificar al aficionado común de la lucha libre, el común denominador era ver sujetos pertenecientes a la clase popular, familias enteras que acudían con frecuencia a presenciar un espectáculo, que hasta antes del 200X, era considerado vulgar y tratado con tono peyorativo por contar con un “target” ubicado en sectores con poco poder adquisitivo.

En el 200X y años posteriores se vio a un nuevo tipo de aficionado; individuos que se ubicaban dentro de la clase media mexicana, hijos y nietos de los viejos aficionados de la lucha libre que, en un movimiento natural, regresaban con un mayor poder adquisitivo que el de sus predecesores. Las familias seguían estando presentes, pero cada vez se veían en las arenas a más grupos de aficionados que ya no estaban ligados por línea consanguínea sino por amistad. Hablamos de individuos entre 16 a 25 años de edad quienes ya no compartían su afición con sus familiares, sino con sus amistades. La lucha libre ya no se vivía como antes, ahora el aficionado estaba más cerca de ser un fanático.

En esta época también llegó el aficionado con un poder adquisitivo superior, aquel que pertenece a la clase media-alta, o alta, y a quien se acusa, tal vez injustificadamente, de ser un aficionado poco instruido, alguien que sigue a la lucha libre por moda y no por un genuino interés. Más allá de las descalificaciones a la ligera que reciben los aficionados de este sector, lo cierto es que representan un grupo que en oposición al de los fanáticos, no están al pendiente de las noticias de la industria, ni especulan sobre la misma, sino que más allá de seguir a alguien en particular o de fijarse en la calidad del espectáculo, simplemente acuden a las arenas porque quieren y pueden.

Ambos grupos poco a poco fueron desplazando a las familias como grupo preponderante en las arenas. ¿Por qué sucedió esto? La respuesta seria un fenómeno digno de estudio, toda vez que la economía pareciera no ser suficiente razón para haber provocado este distanciamiento ya que, por ejemplo, la economía del país en los ochentas no era nada buena y pese a ello las arenas estaban llenas de las clásicas familias mexicanas de aquel entonces –de por lo menos cuatro a seis integrantes- Los jefes de familia se las arreglaban para llevar a su esposa e hijos a la arena ¿Cuál fue la razón entonces? Tengo la teoría de que uno de los motivos fue que se descuidó el contenido familiar, y con esto no quiero decir que la lucha libre se volvió clasificación C, sino que sus conceptos, sus personajes e incluso la forma de estar comunicada con ella, poco tenía que ver con el típico aficionado que se venía cultivando durante décadas y sí mucho que ver con los adolescentes pertenecientes a la era de las redes sociales y la tecnología de bolsillo. Si hacemos memoria vamos a encontrar a muy pocos ejemplos de personajes y conceptos verdaderamente familiares que se formaran dentro de este periodo. Se llevaron a cabo muy pocas ideas que contaran con la aceptación del viejo público de la lucha libre, y por el contrario, la mayoría de ellas estuvo enfocadas a las nuevas generaciones.


En este tiempo coexistieron dos formas de vivir un mismo espectáculo; los de la vieja guardia (aficionados que habían hecho un hábito de ir a la arena cada fin de semana) y los nuevos, aquellos que querían estar actualizados, saber hasta el último secreto de la lucha libre e interactuar con sus ídolos de una forma más intensa a la vista anteriormente. El gusto por una misma afición pero con diferente visión, por ejemplo, al aficionado de la vieja guardia sin duda que le debiera parecer, cuando menos extraño, ver con una máscara puesta a otro adulto (entendido como tal a un hombre mayor de 18), práctica que antaño estaba destinada únicamente para los niños, o bien, queda claro que tal y como ha sucedido en otros deportes, el nuevo aficionado es más agresivo y suele confundir su libertad de expresarse con la de ofender abiertamente al elenco e incluso a otro fan. El hecho de que en el pasado viéramos a núcleos familiares cohibía este tipo de conductas, pero ahora, fuera de el, varios se daban valor para justificarse en un “todos lo hacen”, olvidando que no todo el público en una arena comparte su visión. Pasamos del comentario ingenioso al notoriamente agresivo.

Hasta este momento estaríamos hablando únicamente de las secuelas de un típico choque generacional, que no debiera de tener mayores consecuencias que la incomodidad de un sector del público hacia otro que no sabe de conductas cívicas, sin embargo, hubo un factor que decidió, al parecer definitivamente, a esta disputa, esto es, cuando las empresas motivadas por un error de lectura enfocaron todas sus baterías a la conquista del mercado emergente, haciendo a un lado al aficionado tradicional. ¿Qué motivo este error de lectura? Las nuevas formas de interacción entre aficionados y luchadores y empresas.

Los adolescentes y los jóvenes, con ideas y peticiones en común, monopolizaron la interacción con las empresas, mientras que los veteranos no tenían esta posibilidad, ni estaban interesados en tenerla porque no formaba parte de su forma de vivir la lucha ni estaban relacionados con estas tecnologías, luego entonces esto propicio que el primer grupo hiciera llegar sus voces, sus críticas, exigencias y reclamos a las empresas y luchadores, dando la apariencia de ser la voz del aficionado, y lo eran en cierta medida, solo que se nos olvidó que el hecho de que fueran los más ruidosos no significaba que fueran el público mayoritario, y de hecho, no lo eran.

A partir de entonces las políticas de la industria se enfocaron en tratar de complacer a este sector minoritario, lo cual en si no tendría nada de malo, sino fuera porque en el proceso se trabajo exclusivamente en ellos y se dejaron de lado a las familias, se sustrajo del núcleo familiar únicamente al adolescente, al joven, olvidándose del padre de familia, y de rebote, de los niños, lo cual se tradujo en el incremento en las arenas de grupos de jóvenes aficionados unidos por la amistad y en la reducción de la presencia de familias enteras. El movimiento en si implica una perdida.

Otro factor es que a diferencia de lo que sucede en las otras dos capitales de la lucha libre, Estados Unidos y Japón, el poder adquisitivo del adolescente/joven mexicano es notoriamente inferior al de sus semejantes de estas naciones. Por lo general tienen empleos mal pagados o de plano carecen de uno. Esto dio como resultado que el público al que enfoco sus baterías la industria de la lucha libre era uno apasionado, ruidoso y participativo pero minoritario y con muy poco poder adquisitivo.

Aunado a la calidad de los luchadores y de la oferta en carteleras, sobre de las que ya he escrito varias líneas en su momento, pongo sobre la mesa la presente exposición y recalco que hubo un error, grave, de lectura. Actualmente las ofertas luchisticas están hechos a la medida de estos aficionados, efectivamente, se les cumplieron varios deseos; hay empresas extremas, hardcore, importación de luchadores, implementación de ideas gringas, convenciones, funciones de la nostalgia, “adaptación” del strong style o del estilo indy gringo al mexicano, etc., sin embargo, los resultados han sido contundentes, no han sido acompañadas del éxito, al contrario, junto a la pobre oferta de las dos principales empresas, estos estilos encabezan a la que es la peor etapa en la historia de la lucha libre mexicana, y no solo eso, dirigidas a un público económicamente poco atractivo..

Eventos mensuales, organizados en lugares pequeños, mal ubicados y con la oferta anteriormente descrita, son ideales para los nuevos promotores y para el nuevo aficionado y sus bolsillos. Mientras el padre de familia requiere de eventos en zonas bien ubicadas, con transporte público, seguridad y estacionamiento, el joven no, al contrario, puede prescindir de ello y hacer de un evento de lucha el inicio de su fin de semana de fiesta. Tal vez se tenga la falsa idea de que se está revolucionando la lucha libre, pero no es así, sobran ejemplos de cómo movimientos caseros, “underground”, a base de fuerza y de publicidad de boca en boca se han vuelto la tendencia general, pero esto no ha sucedido y lo más probable es que no suceda, no han tenido la fuerza para lograrlo, la oferta no es tan atractiva como se cree y su principal consumidor no tiene la capacidad económica para hacerla rentable.

Es así como se descuidó al público antaño mayoritario, quien ahora solo se hace presente únicamente en los grandes eventos, ocasiones en donde muestran su todavía respetable musculo. El aficionado tradicional se volvió caza eventos masivos pues es ahí cuando junto al aficionado “wannabe” –a quien tampoco le interesan funciones en lugares lúgubres- desplazan, por poder adquisitivo, al aficionado que ha dominado durante estos años y quienes se han acostumbrado a gastar el mínimo, ya sea siguiendo las funciones gratuitamente a través de internet o la televisión o asistiendo a un evento cada que su economía se los permite, pero estando alejados de los magnos eventos porque están fuera de su alcance. ¿Hay solución? Se puede enmendar la plana, por supuesto, aunque no parece una tarea fácil, mi único temor es que ya sea demasiado tarde para ello, pues el público de la vieja guardia cada vez es más veterano, no se hizo un trabajo adecuado de transición entre la vieja y nueva guardia y no sé si la lucha pueda aguantar a que llegue la siguiente generación, o bien, si la lucha ya de plano quedo condenada a presentarse ante pequeñas audiencias.

La crisis de la lucha libre mexicana puede tener varias explicaciones, algunas de ellas ya se han expuesto previamente y a lo largo de este articulo solo expuse mi conjetura y bien cabe preguntarnos ¿Por qué nos hemos conformado por decidir a la empresa ganadora de la temporada en base a la asistencia de un par de eventos anuales? ¿Por qué llamamos exitosa a una empresa que esporádicamente llena una arena para tres mil personas? ¿Por qué nos hemos acostumbrado a ver entradas de 4 mil personas en una arena diseñada para 18 mil? ¿Por qué nos hemos trazado la ambiciosa meta de llenar únicamente un autolavado adaptado como arena?

Entre un grupo de luchadores mediocres y promotores mediocres incapaces de defender un legado exitoso y los representantes de una supuesta “modernización” de la lucha libre, es que se tiene a la industria sumida en el estiércol. La lucha libre mexicana no tiene nada que demostrar, es una fórmula que tuvo éxito durante cada década a partir de su implementación en México, es una fórmula probada, sinónimo de calidad y éxito taquillero, reitero, no tiene nada que demostrar, a quienes les corresponde probar su punto es a las nuevas corrientes, a las nuevas fórmulas. Los hijos del agringamiento de nuestra lucha, los hijos de su “modernización” -que no es otra cosa más que su deterioro-, a los exponentes de las luchas con veinte finishers, a los de las rutinas circenses, a los que se engrapan hasta el pene y a quienes dicen defender a la lucha clásica pero solo lo hacen de palabra y no de obra y que solo se han dedicado a dilapidar un legado de décadas, es a quienes les corresponde probar su éxito, y hasta ahora, no lo han logrado, no son sinónimo de revolución, son en su conjunto sinónimo de fracaso, representantes de la peor etapa en la historia de la lucha libre mexicana, una epóca caracterizada por malas decisiones y por hombres incapaces de reaccionar ante la contingencia..

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